Ana Díaz, la mestiza paraguaya que participó de la fundación de Buenos Aires junto a Juan de Garay

Ana Díaz, la mestiza paraguaya que participó de la fundación de Buenos Aires junto a Juan de Garay

Ana Díaz, la mestiza paraguaya que participó de la fundación de Buenos Aires junto a Juan de Garay

El paréntesis impuesto por el desastre y el despoblamiento del asiento portuario de Buenos Aires que había establecido don Pedro de Mendoza en 1536 no extinguió en los españoles asunceños la idea fundadora de una ciudad con salida al mar, capaz de “abrir puertas a la tierra”, como dijo con evidente acierto estratégico Juan de Garay.

Este último encarna la corriente conquistadora y pobladora que procedía del interior de América. Por eso tal vez, como señaló Ángel Caballero Martín, no traía consigo la marca fiera y despótica del conquistador llegado del oeste y del Pacífico, habituado a los rigores flagelantes de aplicar el látigo a los indígenas en el socavón de las minas metalíferas; ni traía, tampoco, la huella marítima y el sino ruinoso de la corriente del Atlántico. Su designio fundacional era, a su modo, una pulsión telúrica.

Con la empresa de Garay comenzó el tiempo de la labranza intensiva de la tierra, el aprovechamiento hidráulico de los ríos y la tala de los bosques para asistir a las industrias rurales y proveer a la ciudad incipiente. Y, tras esta explotación de las riquezas del suelo, vendría un comercio a nueva escala, direccionado desde Asunción, como metrópolis del nuevo sistema de ocupación de la ecúmene rioplatense. No en vano Julio A. Busaniche llamó a la capital paraguaya, en 1923, “nido del criollismo americano”.

Garay ya era un avezado expedicionario, militar y magistrado, tanto en el Paraguay como en el Alto Perú. Con el apoyo de su esposa doña Isabel de Becerra (que vendió su joyería para financiar el proyecto), comenzó su marcha hacia el sur que, a diferencia de lo que nos imaginábamos en la escuela, no fue una larga caravana solo de a pie o a caballo, sino que se organizó en dos columnas: una a bordo de embarcaciones que navegaron río abajo el Paraná y el Paraguay; y la otra, por tierra, ya sirgando por tramos los navíos, ya arreando los animales y en especial la caballada. Esta última viñeta se lee en el poema “La Argentina” de Martín del Barco Centenera cuando dice:

Habiendo de la guerra descendido

Poblar a Buenos Ares fue acordado:

De la Asunción Garay hubo salido,

De todos adherentes aprestado:

Con él muchos soldados han venido,

Y habiendo en Santa Fe desembarcado,

Allí estuvieron días esperando

Los caballos, que vienen caminando.

Este primer hito de la travesía fue la fundación de Santa Fe la Vieja o Cayastá, en 1573. La armada se conformaba entonces con un bergantín, una carabela que seguiría rumbo a España, cinco embarcaciones menores y varias canoas.

Pero Garay debió cumplir compromisos en el Perú y se ausentó de la nueva ciudadela. Vuelto a Asunción, hizo pregonar el reclutamiento de pobladores para la desastrada Buenos Aires y consiguió reunir más de sesenta, que se embarcaron en la carabela “San Cristóbal de la Buena Ventura”. Otra parte del contingente venía por tierra desde Santa Fe, bordeando las riberas del Paraná. No dejemos de recalcar que la fundación de Buenos Aires fue obra de Asunción, madre de ciudades.

El riguroso historiador autodidacta Andrés Carretero hizo notar una peculiaridad de esta expedición: a diferencia de las habituales y ávidas estipulaciones que preveían hipotéticas recompensas en metales, en este caso el premio para los pobladores era el reparto de tierras de labranza y la apropiación de los ganados cimarrones que pastaban en las dilatadas pampas. Este hecho determinó un giro sustancial en el modo de relación del contingente humano con el territorio, su ordenación, su mensura y su riqueza agroganadera.

Venían en 1580 solamente diez españoles. El resto eran todos “mancebos de la tierra”, es decir, criollos y mestizos. Hubo también algunos indios guaraníes que tripulaban las canoas a la vera de los navíos de mayor porte y que habrán servido de intérpretes, quizá, al encontrarse con las comunidades de su misma nación asentadas en lo alto de las barrancas del que pronto se llamó el Pago de la Costa.

Ana Díaz, la mestiza paraguaya que participó de la fundación de Buenos Aires junto a Juan de Garay

La fundación de Buenos Aires quedó registrada oficialmente el 11 de junio de 1580 según el acta del escribano Mateo Sánchez, cuando el fundador estableció el Cabildo y designó a sus primeros capitulares. El 17 de octubre repartió los solares urbanos y otras tierras para quintas en los contornos del damero fundacional de 250 manzanas, cuya traza comenzaba en la plaza mayor. Pedro de Angelis sostenía que aquella acta notarial solo acreditaba el reparto de las tierras, pero no la fundación en si misma.

Una escasa población indígena comenzaba a agregarse al conjunto, al servicio de los pobladores en las faenas de las chacras. Para su desplazamiento debían presentar una cédula expedida por su propietario, antecedente remoto de la Ordenaza de Oliden de 1816 y de las cédulas de identidad modernas.

El reparto de indios dispuesto por Garay fue dado a publicidad en 1836 por De Angelis en su versión íntegra, ya que él poseía el ejemplar original y lo consideraba “el más antiguo monumento histórico que se conozca en estas provincias”. En efecto, agregaba el coleccionista que en ese documento constaba la información de los habitantes originarios que fueron desapareciendo o migrando al sur, tras las luchas con los españoles, que fueron cruentas. No en vano un tramo del riachuelo de los Navíos quedó bautizado como río “de la Matanza”, por la gran mortandad que se produjo allí tras un combate.

La paraguaya Ana Diaz en Buenos Aires y en San Isidro

Cuando el 24 de octubre de 1580 el Fundador repartió (partiendo de la actual esquina de Arenales y Basavilbaso, frente a la plaza San Martín) las tierras del Pago de la Costa, al norte de la ciudad de Buenos Aires, la “suerte de chacras” número 59, de 300 varas (260 metros) de frente por una legua de fondo, correspondió a la paraguaya Ana Díaz. Para aquellos que quieran situar el lugar, baste con pararse frente al predio de la antigua quinta Marín-Ibáñez, que ahora comparten el Colegio “Carmen Arriola de Marín” y la Universidad de San Isidro, sobre la avenida Del Libertador. Allí estaba la suerte en cuestión, que se extendía desde la actual calle Chile, hasta España-Tomkinson.

¿Qué había en ese punto antes del reparto de Garay? No lo sabemos con certeza, pero, siendo tierras altas y feraces, es verosímil suponer que existiese alguna “sementera” o campo de siembra, perteneciente a la comunidad guaraní que poblaba la comarca desde antes de la llegada de los españoles y que circulaba a través de las sendas o “rastrilladas”.

El nombre de “suertes” de chacras dadas en merced a cada poblador se deriva del hecho de que el procedimiento de asignación era el sorteo entre los presentes.

Ana Díaz era la única mujer que fue pobladora por sí misma (vale decir, que vino desde Asunción sin tutela legal de un marido y sin padre) en aquel contingente, donde otras mujeres llegaron luego, pero para acompañar a esos maridos o a esos padres que la tinta de las escrituras rubricaba como los flamantes pobladores.

Fue, por tal circunstancia, la sola mujer presente en la fundación de Buenos Aires y la primera mujer independiente, propietaria de tierras en el actual partido de San Isidro y en la ciudad porteña.

Su figura como sujeto histórico cierto pone en crisis esos relatos retrospectivos “de género”, que parecen complacerse o validarse únicamente en una casuística de mujeres oprimidas, postergadas, invisibles.

Vino hasta estas lejanías trayendo sus ganados (caballos y vacas), quizá gallinas, algunas semillas y los instrumentos de labranza que le serían indispensables, porque cada poblador debía cargar con aquel herramental que era casi el equivalente a la “impedimenta” de una milicia.

¿Viajó en la carabela, como deferencia para con su estatus singular en la expedición? Así lo imaginó Manuel Mujica Láinez en el cuento “La Fundadora” que integra la antología “Misteriosa Buenos Aires”. Otros, en cambio, suponen que vino por tierra. En cualquiera de las dos alternativas, la travesía no habrá sido confortable. Y tampoco lo habrá sido su situación de ser la única mujer entre tantos hombres, como sugiere el cuentista mencionado, quien la pinta acechada en su choza de barro y paja ante la ronda vespertina de los “mancebos de la tierra”, que era un virtual acoso. Luego, cuando llegaron otras mujeres, ella pasó a ser una labradora poco apetecible en aquella pobre aldea. Aunque no le faltó candidato para un segundo matrimonio.

Viuda de un tal Forel, era mestiza (hija del español Mateo Díaz y de la india payaguá de nombre Savé) y era asunceña. Ya en Buenos Aires y pasado un tiempo, contrajo nuevas nupcias con el beneficiario de la suerte número 29 del Pago de la Costa, de nombre Pedro Isbran o Isbrán, con quien tuvo descendencia. Según el genealogista Jorge Lima Bonorino, de aquella unión (y probablemente antes del matrimonio) nació una hija de nombre Felipa, que fue su heredera. Ana Díaz fue beneficiada, también, con un solar urbano en Buenos Aires. De ahí que versiones fantasiosas y sin ningún asidero documental hayan pretendido relacionarla sentimentalmente con Garay. También yerran quienes la ubican como esposa del poblador Juan Martín.

Según Hialmar Gammalsson, quien cita al Padre Lozano, su decisión de abandonar su ciudad natal obedeció al deseo de acompañar la mudanza de una hija habida con Forel, quien iba a establecerse en Buenos Aires junto a su esposo. Si así fuera, la madre se adelantó a la llegada de la hija. Pero la hipótesis es dudosa.

En la segunda versión (1923) del célebre óleo donde el pintor español José Moreno Carbonero retrató el momento de la fundación de Buenos Aires, se la puede ver con la cabeza cubierta por una toca oscura. No figuraba en la primera versión del mismo cuadro, que tantas críticas despertó. Además, ¿habrá venido vestida de varón, como las mujeres de la expedición de don Pedro de Mendoza?

La notable historiadora de mujeres y docente paraguaya Idalia Flores de Zarza (fallecida en 2009), recalcó en más de una ocasión este hecho notable de que una mujer paraguaya haya cumplido un rol de pobladora de la distante Buenos Aires y del más distante Pago de la Costa. Con el tiempo, miles de mujeres paraguayas, bajo diferentes circunstancias, pero convocadas por la oferta de trabajo, vinieron a habitar tantas ciudades de la Argentina.

Para forjarnos una idea siquiera vaga del perfil de Ana Díaz, ha de tenerse en cuenta la marca vernácula de respeto de que gozaban las mujeres nacidas guaraníes o de aquellas provenientes de otras parcialidades rivales aborígenes de la región, que eran incorporadas por conquista. Tal fue el caso de las payaguaes, de quienes descendía por línea materna.

Ulrico Schmidl afirma que las mujeres de ese origen eran “bonitas”, aunque no lo fueran tanto como las bellísimas guaraníes, bajo cuyo encanto irresistible cayeron los españoles e hicieron de Asunción un “Paraíso de Mahoma”. En el abolengo de Ana Díaz se mezclaban dos sangres, nativa una y española la otra, y ello debió imprimirle una identidad singular.

Por su parte, las prendas morales que adornaban en general a las mujeres del Paraguay (indias o mestizas) no pasaron desapercibidas a los cronistas de la época. La madre de Ana debió lucir más o menos aquellas cualidades. Y ella misma las habrá exhibido. El sólo hecho de enrolarse en la aventura pobladora, a tantas leguas de su patria, en un viaje masculino y peligroso, llegando a tierras desconocidas que podían resultar yermas, y asumiendo la premisa de que le aguardaban jornadas largas y faenas arduas como chacarera, es ya índice de su fortaleza de carácter.

Es interesante preguntarse ¿por qué, pues, en una actualidad tan inclinada a las reivindicaciones femeninas no se habla de Ana Díaz y del dinamismo de su utopía? ¿Acaso su temple bravío, que fue real, y su falta de complejos a la hora de compartir su aventura con una legión de varones sea un dato incómodo para la agenda de un feminismo discursivo, que sólo encuentra en el pasado señales del yugo machista?

No es tan difícil reconstruir con la mente sus probables jornadas, yendo y viniendo quizá por el serpenteante y enmalezado camino del Bajo, desde su chacra del Pago de la Costa a su casa en esa aldea, que todavía estaba lejos de ser una “Gran Aldea”.

No es tampoco difícil recrear la soledad de aquel páramo ribereño, donde su albergue sería un rancho de un tirante, sin más comodidades que una sala, un par de habitaciones y una cocina. Tal vez dispusiera, dentro de los corrales, de un pequeño cobertizo para guardar las herramientas de labranza y para guarecer de la intemperie a los ganados y las aves que hubiera. Porque no existía el lujo en esa primera versión rural de un San Isidro cuyo glamour suburbano llegaría siglos más tarde.

O, quizá, el único lujo fuera evocar el perfume de los azares asunceños, contemplar la silente inmensidad del río inmóvil y ver la luna rielando en sus aguas, cuando la noche invadía las barrancas, y en sus crestas comenzaban a encenderse las luciérnagas, como fanales minúsculos.

En cuanto al solar urbano que le asignó el Fundador, de un cuarto de manzana, se ubicaba muy cerca de la plaza matriz, en una esquina inconfundible en el presente de Buenos Aires: Corrientes y Florida. Ahí, como dijo Mujica Láinez, “regaba la huerta bajo el chillido de los teros o el largo grito de los chajaes…”

Si volviera a su hogar desde el pasado, quedaría aturdida por las bocinas impacientes, las sirenas a toda hora y el chirrido de los frenos de los colectivos. Y, de pie en el umbral de su antigua casa, si mirara al oeste, vería un esbelto obelisco que jamás hubiera imaginado.

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