No es un chicle aplastado, es un amonite de la Prehistoria

No es un chicle aplastado, es un amonite de la Prehistoria

No es un chicle aplastado, es un amonite de la Prehistoria

Si ves a alguien en una parada de metro caminando a paso de tortuga mientras mira fijamente al suelo, no te asustes. Probablemente esté buscando restos de animales prehistóricos escondidos entre las baldosas. Aunque parezca de ciencia ficción, Madrid está lleno de fósiles. Las calles, portales, monumentos, centros comerciales, baños de hoteles... todo lo que esté construido con roca sedimentaria es susceptible de guardar restos orgánicos de hace decenas de millones de años.

Rubén Santos Alonso, geólogo de profesión, explica que “hay que estar predispuesto, con el ojo atento, porque cuando te lo explican ya los ves por todos sitios. Una vez empiezas, no puedes parar”. Esas escaleras que subimos cada día y en las que nunca habíamos reparado cobran, de pronto, un significado especial al descubrir que albergan a una colonia de amonites, moluscos en forma de caracola que existieron hace 400 millones de años.

Para que encontrarlos sea más fácil, Rubén puso en marcha en 2012 una plataforma colaborativa, www.paleourbana.com. Aprovechando unos meses en paro, este geólogo afincado en Vitoria y especializado en riesgos de inundación creo “un mapa interactivo para que gente de todo el mundo pudiera aportar sus descubrimientos”. Aunque cuenta con localizaciones de los cinco continentes, Europa y Norteamérica son más protagonistas y España, Francia y Portugal destacan por encima del resto de países.

En esta web de fósiles urbanos se puede encontrar una treintena de direcciones en la Comunidad de Madrid, pero son muchísimas más. Explica Rubén que solo muestra los lugares públicos, pero que recibe infinidad de mensajes con fotos de restos atrapados “en baños de bares, encimeras de cocinas de restaurantes, incluso retretes construidos con materiales exóticos traídos de muy lejos”. Por ejemplo, el suelo del Centro Comercial de Parque Sur, en Leganés, alberga una colección de amonites y gasterópodos tan nítida que da la impresión de estar pintada sobre la losa. Santos Alonso recuerda también la recepción de un céntrico hotel de la capital que parece revestido de un banco de peces. Son fósiles, esqueletos prehistóricos con la apariencia de estar remontando a nado las paredes.

Los andenes de Metro parecen un lugar propicio para la caza de fósiles urbanos. Las paradas de Méndez Álvaro, Metropolitano, Ciudad Universitaria o García Noblejas exhiben en sus revestimientos de piedra caliza rastros del Cretácico. Conviene localizaros antes en la página web para no perder mucho tiempo en ubicar estos bivalvos, corales o amonites. Aunque parezca increíble, muy pocos saben de su existencia y ni siquiera la persona que los limpia cada día está al tanto de los tesoros que tiene a su cuidado.

No es un chicle aplastado, es un amonite de la Prehistoria

El creador de Paleourbana tiene su propia lista de lugares favoritos en Madrid. En la base del Monumento a Cervantes, en la Plaza de España, se pueden ver oncolitos y pequeños restos esqueléticos del Terciario que datan de hace 66 millones de años. No es el único monumento con sorpresa. El que se levanta en recuerdo de Lope de Vega, en el Monasterio de la Encarnación, guarda bivalvos y corales del Cretácico.

El presupuesto arquitectónico y la moda de la época en que fue levantado el edificio en cuestión marca el tipo de material utilizado y aumenta las posibilidades de encontrar esta suerte de polizones de la Historia. La falta de canteras de roca sedimentaria (origen ígneo) en Madrid propició la importación, sobre todo, de piedra ornamental del País Vasco para las estaciones de Metro.

Esta forma de acercarse a la Paleontología le parece a Rubén la manera ideal porque “así no se dañan los yacimientos. En cuanto se da a conocer una nueva localización, la gente trata de sacar material y llevárselo”. Está claro que este tipo de fósiles, conservados “ad eternum” en una piedra convertida en material de construcción, resiste bien el paso del tiempo y el ataque de los amigos de lo ajeno. Desaparece la tentación ante la imposibilidad física de robar el fósil, aunque, en ocasiones, el hallazgo es tan importante que termina siendo trasladado para su estudio.

Este fue el caso del descubrimiento en Gerona de una serie de restos nada comunes en el pavimento de una calle. La comunidad tuitera no lograba identificar su origen hasta que un grupo de expertos terminó determinando que se trataba de sirénidos, una especie de mamíferos marinos. El cráneo estaba tan bien conservado que pidieron permiso para retirar la losa y proceder a su observación formal.

Twitter se ha convertido en el medio perfecto para compartir nuevos fósiles o maravillarse con los descubrimientos de otros. El verano pasado hubo un hilo que se hizo viral de Inés Fernández, autora del blog “Mis viajes por ahí”, que sumó rápidamente miles de retuits y el asombro generalizado ante una realidad que desconocían. Inés explica que su afición viene desde que era pequeña, cuando encontró “un caracol debajo de mi cama”. Sus padres debieron de explicarle lo que era aquello porque a cada persona que entraba en su cuarto le enseñaba ese animalito “convertido en piedra” hace millones de años.

En este universo de paleontología colaborativa hubo un hallazgo que Rubén recuerda con especial emoción: “Era una huella de dinosaurio en una pequeña localidad alemana, en la fachada de arenisca de un museo”. En nuestro país, los restos más antiguos localizados en un entorno urbano son devónicos, de hace unos 420 millones de años, en su mayoría corales estromatopóridos (organismos marinos que formaban arrecifes). Al creador de Paleourbana le siguen llegando a través de Twitter o del correo electrónico fotografías de los fósiles encontrados en las ciudades españolas. Muchas veces los autores son niños, pequeños aspirantes a paleontólogos que descubren que tienen “Parque Jurásico” en la puerta de casa.